Dos sacerdotes van a la playa en sus vacaciones, y deciden ocultar
todo lo que los identifique como religiosos. En el hotel guardan sus sotanas y alzacuellos, y salen a comprar bermudas decoradas con dibujos de palmeras, camisas hawaianas de colores chillones y
sandalias. Cuando van caminando por la playa se cruzan con una
rubia despampanante que sólo llevaba puesto un diminuto biquini
rojo. La sorpresa de ambos fue mayor cuando ella los saludó
diciéndole a cada uno:
-Buenos días, Padre.
La rubia siguió su camino, dejando a los sacerdotes perplejos sobre cómo había podido ella reconocer su oficio. Al día siguiente
decidieron comprar todavía más cosas para ocultar que eran
sacerdotes. Adquirieron sombreros anchos, gafas de sol y collares
de conchas, y salieron otra vez a la playa llevando piñas coladas
en sus manos. Pronto se encontraron con la misma rubia, que esta
vez llevaba un pequeño biquini azul. La sorpresa de ellos fue
mayor cuando ella volvió a decir:
-Buenos días, Padres.
Ella iba a seguir su camino, pero uno de los sacerdotes no se pudo
contener y preguntó:
-Disculpe, joven. Es cierto que somos sacerdotes, y estamos muy
orgullosos de ello, pero por favor, díganos cómo pudo saber
nuestra profesión.
Ella sonrió sorprendida y dijo:
-¿No me reconocen? Soy la hermana María Angélica...